Museo de Valladolid

Las salas dedicadas a esculturas y piezas romanas fueron las que más me gustaron; me sorprendió la cantidad de objetos hallados en zonas cercanas a la ciudad. Se conserva un mosaico de tamaño considerable que me recordó al encontrado en la Villa de las Tiendas —del Museo Nacional de Arte Romano, en Mérida—, quizá por el tema de la caza. También hay otros mosaicos que se conservan realmente bien.

El coste de la entrada es de 1 euro, pero debo dejar una advertencia importante para quienes lo visiten en verano: el museo carece de un sistema de climatización adecuado. Durante el recorrido por la segunda y tercera planta se me hizo insoportable observarlo todo con detenimiento, como me habría gustado. De verdad, todos mis respetos a los trabajadores que resisten esas temperaturas en una institución que custodia un patrimonio tan valioso, y que reciben visitantes a diario dando lo mejor de sí (yo misma vi cómo rellenaban los humidificadores para la conservación apropiada de las obras y regaban el jardín por las altas temperaturas). 

Otro aspecto crucial a tener en cuenta antes de ir es la accesibilidad. Al tratarse de un palacio histórico protegido, el edificio no cuenta con ascensores. Las personas con movilidad reducida o que vayan con carritos de bebé deben saber que solo el patio central y apenas una sala son accesibles sin escaleras.


¿Creíamos que lo habíamos inventado todo? ¡Mirad qué canicas y qué cantimplora!

Hay verdaderas joyas por descubrir en este museo, como el cuadro de Vicente Macip y Juan de Juanes, La Adoración de los pastores, o el sarcófago de Alfonso de Castilla.

Para el final he dejado la pieza más icónica y de la que, entre bambalinas, todo el mundo habla: «el sillón maldito de Valladolid» . Parece que desde el propio museo no se quiere que se sepa cuál es, ya que no estaba señalizado con una cartela. Me parece un error, pues la mayoría de los visitantes acuden por el misterio que suscita cuando escuchan la leyenda en los diferentes tours que se ofertan en la ciudad.

Este sillón perteneció a Andrés de Proaza, un médico judío que fue condenado a muerte por la Inquisición tras ser descubierto practicando una disección a un niño cristiano en vida. Tras el secuestro del niño se sospechó de este hombre, y en un sótano hallaron el macabro escenario. Proaza maldijo el sillón diciendo que quien se sentara en él tres veces en menos de un año, encontraría la muerte. El sillón acabó oculto, pero cuentan que dos bedeles de la Universidad llegaron a usarlo para descansar y ambos terminaron muertos a los tres días. La leyenda reavivó aquella maldición y durante años estuvo colgado bocabajo en el techo para que nadie pudiera usarlo. Ahora, un simple cordón rojo mantiene la distancia con los visitantes. ¿Te atreverías a sentarte?

Me recomendaron visitar El Niño Perdido (The Lost Child Cocktail's Bar), un local que recrea el ambiente de este suceso. Dicen que está muy cerca de la Universidad; la verdad es que lo tengo pendiente para mi próxima visita. Justo al lado, cuentan con un escape room llamado La Guarida, donde puedes adentrarte en el sótano de Proaza. 

¡Para los más valientes!